El Niño amenaza al agro latinoamericano con calor extremo, sequías y lluvias intensas
El CIIFEN advierte temperaturas hasta 4°C superiores a lo normal y una probabilidad del 95% de que el fenómeno alcance intensidad muy fuerte hasta enero de 2027. La CEPAL estima que un episodio extremo podría costar al menos el 2% del PBI regional en tres años, mientras la OEA alerta por el abastecimiento de agua, la generación hidroeléctrica y el Canal de Panamá.
El Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno de El Niño difundió un pronóstico que anticipa temperaturas hasta 4°C superiores a los valores normales, lluvias intensas y sequías en diferentes zonas de América Latina durante los próximos meses. El organismo estima una probabilidad del 95% de que el fenómeno alcance una intensidad muy fuerte hasta enero de 2027, una perspectiva que enciende las alertas sobre la producción agropecuaria, la disponibilidad de agua y la seguridad alimentaria. El escenario también plantea riesgos para las exportaciones agrícolas y la infraestructura logística regional.
De acuerdo con las proyecciones, existe además un 83% de probabilidad de que el episodio supere los registros históricos considerados desde 1950 durante el trimestre octubre-diciembre. Entre noviembre y febrero se esperan anomalías térmicas de entre 2°C y 4°C en amplias zonas de Brasil, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y las Guayanas. En contraste, Argentina y Chile podrían experimentar temperaturas inferiores a sus promedios habituales. Esta distribución desigual confirma que los impactos climáticos no serán uniformes, lo que obligará a los productores a adaptar sus decisiones agronómicas a las condiciones particulares de cada territorio.
El comportamiento de las precipitaciones representa uno de los principales factores de incertidumbre para las cadenas de valor agroalimentarias. Según el CIIFEN, las costas de Ecuador y Perú, el centro de Chile y Argentina, el sur de Brasil y sectores de Paraguay podrían registrar lluvias superiores a lo normal durante el próximo trimestre. Estas condiciones podrían favorecer la disponibilidad hídrica en determinadas regiones, pero también incrementar los riesgos de inundaciones, anegamientos y dificultades para las labores agrícolas. La magnitud de sus consecuencias dependerá de la intensidad de las precipitaciones, el estado de los suelos y la infraestructura de drenaje.
El panorama será diferente en Centroamérica y el norte de Sudamérica, donde se proyectan precipitaciones inferiores a los promedios históricos. Las áreas potencialmente afectadas incluyen Venezuela, Colombia, las Guayanas, la Amazonía ecuatoriana, la selva peruana y el norte de Brasil. Para los sistemas productivos dependientes de las lluvias, esta situación podría comprometer la disponibilidad de agua, reducir los rendimientos agrícolas y elevar los costos de producción. La variabilidad climática también representa un desafío para la ganadería, especialmente por sus efectos sobre las pasturas, las reservas forrajeras y el abastecimiento hídrico. Según pudo reconstruir este medio a partir de fuentes del sector, los productores de varias regiones ya están revisando sus planes de siembra y las coberturas de riesgo para la próxima campaña.
Las advertencias trascienden el ámbito meteorológico. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe estimó que un episodio extremo de El Niño podría provocar una pérdida acumulada de al menos el 2% del Producto Interno Bruto regional durante los próximos tres años, con un impacto cercano al 1% solamente en el primero. El organismo también advirtió que las consecuencias económicas y sociales podrían empujar a otros 4,8 millones de habitantes hacia la pobreza antes de 2030. Estas estimaciones corresponden a un escenario extremo y no constituyen pérdidas económicas ya registradas.
La Organización de los Estados Americanos reforzó las advertencias en un informe al señalar que la sequía podría comprometer simultáneamente el abastecimiento de agua y la generación hidroeléctrica. El riesgo adquiere especial relevancia en una región donde, según el organismo, más de 200 millones de personas carecen de suministro continuo de agua y aproximadamente la mitad de la matriz eléctrica depende de fuentes hidroeléctricas. Para la agroindustria, una menor disponibilidad energética podría traducirse en mayores costos operativos, dificultades de procesamiento y problemas en los sistemas de riego y conservación de alimentos.
En materia de seguridad alimentaria, la OEA advirtió que la falta de precipitaciones en el Corredor Seco centroamericano podría llevar a entre 500.000 y 750.000 personas a la fase 3 de crisis alimentaria aguda, según la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria en Fases. Este escenario refleja la vulnerabilidad de las comunidades rurales que dependen de la agricultura de subsistencia y cuentan con escaso acceso al financiamiento y a tecnologías de adaptación. La reducción de cosechas también podría presionar los mercados locales de alimentos, especialmente en territorios con limitada capacidad de almacenamiento y diversificación productiva.
El comercio exterior tampoco quedaría al margen. La OEA señaló que una disminución de los niveles de los lagos Gatún y Alhajuela, fundamentales para el funcionamiento del Canal de Panamá, podría restringir a 14 metros el calado de los buques Neopanamax. Una limitación de estas características tendría consecuencias potenciales sobre los flujos comerciales internacionales, incluidos los embarques agroalimentarios que utilizan esta ruta estratégica. Las restricciones operativas podrían aumentar los tiempos de tránsito y los costos de la logística de exportación, con posibles efectos sobre la competitividad de los productos agrícolas latinoamericanos en los mercados globales.
Frente a este escenario, la capacidad de adaptación será determinante para sostener la actividad agropecuaria. La tecnificación del riego, el monitoreo climático, la agricultura digital y la diversificación productiva aparecen como herramientas relevantes para reducir la exposición de los sistemas agrícolas. También será necesario fortalecer la infraestructura hídrica y vial, los mecanismos de financiamiento y la coordinación regional. Aunque los pronósticos todavía están sujetos a cambios, las advertencias del CIIFEN, la CEPAL y la OEA muestran que la resiliencia climática será un factor decisivo para proteger la producción, la seguridad alimentaria y la competitividad exportadora de América Latina.