Un Súper El Niño se intensifica en el Pacífico y enciende las alertas del agro latinoamericano

El fenómeno alcanzó una intensidad muy fuerte durante el trimestre agosto-octubre y la Organización Meteorológica Mundial proyecta un calentamiento excepcional del Pacífico ecuatorial hacia diciembre, con una anomalía promedio de +3,8 °C en la región Niño 3.4. La evolución de las lluvias condicionará las campañas de soja, maíz, trigo y ganadería en una región estratégica para el abastecimiento mundial de alimentos.

El fenómeno de El Niño 2026/2027 alcanzó una intensidad muy fuerte durante el trimestre agosto-septiembre-octubre, según el análisis publicado por Meteored Brasil, basado en indicadores de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos. Al mismo tiempo, la Organización Meteorológica Mundial proyecta un calentamiento excepcional del Pacífico ecuatorial hacia diciembre. La noticia importa especialmente a América Latina porque podría modificar los regímenes de precipitaciones, condicionar las campañas agrícolas y aumentar los riesgos productivos en una región estratégica para el abastecimiento mundial de alimentos.

La magnitud del episodio genera inquietud entre productores, técnicos y agroexportadores. En su actualización estacional, la OMM proyectó una anomalía promedio de +3,8 °C en la temperatura superficial del mar de la región Niño 3.4 para noviembre de 2026 a enero de 2027. No significa que la temperatura del aire aumentará esa cantidad en los países latinoamericanos, sino que el océano registra condiciones extraordinarias capaces de modificar la circulación atmosférica. El interrogante es cómo responderán las principales zonas agrícolas ante un fenómeno cuya influencia podría extenderse durante 2027.

Los antecedentes climáticos muestran que El Niño no afecta de la misma manera a todos los países. En sectores del sudeste de Sudamérica suele favorecer precipitaciones superiores a los promedios, mientras que determinadas regiones del norte del continente, América Central y el Caribe pueden experimentar déficits hídricos. Sin embargo, estas relaciones no constituyen pronósticos automáticos. Para Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, el seguimiento de las lluvias será determinante en la evolución de soja, maíz, trigo y ganadería. En Colombia, México y otros mercados, la disponibilidad de agua también será una variable crítica para las decisiones productivas. En Perú y Ecuador, la vigilancia del Pacífico adquiere especial importancia por los antecedentes de lluvias intensas, inundaciones y alteraciones de la actividad agropecuaria durante determinados episodios de El Niño. En Chile, la evolución de las precipitaciones y las reservas hídricas será relevante para la fruticultura de exportación.

El artículo de Meteored Brasil, firmado por Ana Maria Pereira Nunes, destaca que el índice RONI alcanzó una anomalía de +2,0 °C en agosto-septiembre-octubre, mientras que el indicador tradicional ONI registró +2,5 °C. La diferencia responde a metodologías distintas: el RONI ajusta la señal del calentamiento general de los océanos tropicales. Esta distinción es importante para interpretar la excepcionalidad del episodio. La OMM, por su parte, advirtió en septiembre que la probabilidad de persistencia de El Niño hasta febrero de 2027 era cercana al 100 %. Persistencia e intensidad, sin embargo, no equivalen a daños agrícolas inevitables. De acuerdo con información difundida por AgroLatam, los especialistas insisten en que los pronósticos nacionales y los datos locales son indispensables para evaluar amenazas concretas en cada territorio.

Para las cadenas de valor agroalimentarias, el riesgo trasciende la evolución de las lluvias. Los excesos hídricos pueden dificultar las labores de cosecha, deteriorar caminos rurales y afectar la logística de exportación, mientras que las sequías pueden reducir rendimientos y elevar los costos de alimentación animal y riego. Estas situaciones también podrían alterar los flujos comerciales de commodities agrícolas y generar volatilidad en las cotizaciones internacionales. No obstante, los precios FOB y CIF dependerán de la oferta y la demanda globales, los inventarios, las políticas comerciales y la capacidad de respuesta de los principales países productores.

El escenario también plantea desafíos para la seguridad alimentaria, la infraestructura rural y la competitividad agroexportadora. Una sucesión de eventos extremos puede aumentar los costos de transporte, seguros y financiamiento, además de comprometer la calidad comercial de determinadas producciones. Frente a estas amenazas, la tecnificación, la agricultura digital, los sistemas de alerta temprana y las prácticas de manejo del suelo y del agua adquieren mayor relevancia. La diversificación productiva, la trazabilidad y las inversiones en resiliencia climática pueden contribuir a reducir vulnerabilidades, aunque su adopción exige recursos, capacitación y coordinación entre actores públicos y privados.

El próximo trimestre será decisivo para evaluar la evolución oceánica y atmosférica del fenómeno. La OMM anticipa un máximo de calentamiento hacia diciembre, pero insiste en que las consecuencias regionales dependen también de otros factores, como las condiciones del Atlántico y del océano Índico. América Latina enfrenta así un desafío que combina producción, comercio exterior y adaptación climática. Para los productores, anticipar decisiones agronómicas será tan importante como seguir los mercados. La pregunta que comienza a instalarse en el sector es inevitable: ¿están preparadas las principales regiones agrícolas para enfrentar un Súper El Niño de esta magnitud?