El triángulo geopolítico que profundizó la crisis entre Argentina y Brasil a niveles históricos
La degradación de las relaciones diplomáticas entre Buenos Aires y Brasilia, que quedaron reducidas al rango de encargados de negocios, no puede entenderse sin la influencia de la Casa Blanca y el alineamiento de Javier Milei con la estrategia de Donald Trump en la región, en un contexto de campaña electoral brasileña y creciente asertividad de Washington.
La relación bilateral entre Argentina y Brasil atraviesa su peor momento desde el retorno a la democracia en ambos países. La decisión del gobierno de Lula da Silva de degradar las relaciones diplomáticas al nivel de encargados de negocios, luego de los insultos públicos del presidente Javier Milei contra su par brasileño, llevó la tensión a un terreno inexplorado. Pero lo que podría leerse como un simple desencuentro entre dos mandatarios con visiones antagónicas es, en realidad, la punta de un iceberg geopolítico que tiene a Washington como un actor central.
El conflicto, que ya superó largamente el ámbito de una nota de protesta formal, expone la fragilidad de un vínculo que durante décadas se sostuvo sobre la base de una fuerte interdependencia económica y estratégica. Brasil es el principal socio comercial de Argentina, mientras que Argentina ocupa el tercer lugar en el ranking de socios de Brasil, detrás de China y Estados Unidos. Pero el comercio, esta vez, no alcanza para enfriar los ánimos. «La relación es fundamental para ambos, para la estabilidad de Sudamérica. Consecuentemente, es un problema que hay que tratar de resolverlo», señaló a CNN el diplomático argentino Fernando Petrella, exvicecanciller entre 1992 y 1996. Y agregó que el asunto excede lo comercial: «Tiene que ver con seguridad, con la constatación de desarrollos nucleares, son temas estratégicos que afectan a todos».
Para el politólogo brasileño Bruno Lima Rocha, que la tensión escale a estos niveles es «algo cercano a una insanidad». Y advierte que en este escenario hay un tercer jugador que no puede ignorarse: el gobierno de Donald Trump. «Brasil pasa por una situación grave: es blanco del Departamento de Estado», aseguró el analista, en referencia a las recientes medidas de Washington contra funcionarios brasileños, como la cancelación de la visa de la embajadora brasileña en Estados Unidos, que el gobierno de Lula interpretó como una interferencia directa en el proceso electoral de octubre.
El triángulo se completa con la figura de Milei, que según Lima Rocha «se autoinstrumentaliza para ser útil a la política externa de Trump». El presidente argentino, que ya había mostrado sintonía con el republicano, elevó el tono de sus críticas al sistema judicial brasileño y a Lula en un acto en San Pablo, donde respaldó al candidato opositor Flávio Bolsonaro. Esa decisión no fue casual: llegó después de que el juez Alexandre de Moraes, una figura sancionada por el Departamento de Estado estadounidense, le negara a Milei una visita a Jair Bolsonaro durante su gira de julio. «No se puede separar a Trump de Milei», sostuvo a CNN el politólogo Maurício Santoro, profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro. «Las declaraciones más agresivas y las críticas al Supremo Tribunal de Justicia tienen que ver con esta coyuntura internacional, el retorno de Trump a la presidencia y su política de interferencias en América Latina.»
La crisis, sin embargo, no es solo política. También tiene un timing electoral que ambos líderes parecen aprovechar. Santoro señaló que «Lula convirtió el tema de la soberanía en una de sus principales consignas» y que el conflicto con Milei «lo ayuda hasta cierto punto» de cara a los comicios de octubre. Mientras tanto, Milei busca liderar la llamada «ola azul» de mandatarios latinoamericanos alineados con la Casa Blanca, y su apuesta tiene un doble riesgo: las elecciones en Brasil y los comicios de medio término en Estados Unidos, ambos en noviembre.
A pesar de la gravedad del episodio diplomático, varios analistas consultados por la cadena internacional coinciden en que el impacto comercial será limitado. El internacionalista Gustavo Pérego, de la consultora Abeceb, fue contundente: «Para nada afecta en lo más mínimo la relación comercial, de inversiones, etcétera». Y agregó que la situación «le sirve tanto a Milei como a Lula de cara a su base interna». Petrella, por su parte, confió en que los actores económicos y empresariales podrán «mover el reloj» para que el conflicto no escale más allá de lo político.
El panorama, sin embargo, no invita al optimismo. Lima Rocha advirtió que, en el contexto actual, «no veo muchos pasos concretos para un reacercamiento». Y Santoro anticipó que habrá «más incidentes desagradables, más agresividad, por lo menos hasta las elecciones». La experiencia reciente muestra que ninguno de los candidatos apoyados abiertamente por Trump en América Latina ha sufrido una derrota electoral desde su regreso a la Casa Blanca, y Brasil se presenta como el mayor desafío a esa racha.
Como bien lo resumió Petrella, «los pueblos reaccionan con instinto nacional», y la intervención de Milei en la campaña brasileña «puede ser un tiro por la culata». Por ahora, la relación entre los dos gigantes sudamericanos quedó congelada en un punto muerto, a la espera de que los resultados electorales definan si el deshielo será posible o si, por el contrario, la grieta geopolítica se profundizará aún más.