Agro 2027: por qué América Latina vuelve al radar de los inversores globales

Agricultura, recursos naturales y valor agregado posicionan a América Latina como uno de los mercados a seguir por los inversores globales rumbo a 2027, según Janus Henderson Investors.

El 9 de septiembre de 2026, Janus Henderson Investors puso a la agricultura entre las áreas con oportunidades de inversión en América Latina de cara a 2027. Mario Aguilar De Irmay, estratega sénior de carteras de la gestora global, sostuvo que la región puede beneficiarse de sus recursos naturales, una relativa distancia de los principales conflictos geopolíticos y mercados internos con potencial de crecimiento. Para el agro, la señal resulta relevante porque el capital global comienza a mirar no solo la producción de commodities, sino también infraestructura, tecnología, transformación y valor agregado como espacios capaces de generar retornos de largo plazo.

El punto de partida es una fortaleza estructural difícil de ignorar. América Latina y el Caribe son el principal exportador neto de alimentos del mundo y producen alimentos suficientes para cerca de 1.300 millones de personas, más del doble de su población. Además, las exportaciones agrícolas regionales representan alrededor del 18,4% de las ventas mundiales del sector y la balanza agroalimentaria mantiene un fuerte superávit. Esta ventaja comparativa coloca a las cadenas de valor agroalimentarias en una posición estratégica frente a un mundo que demanda alimentos, energía renovable, biomasa y materias primas, pero también mayores estándares de trazabilidad, sustentabilidad y seguridad alimentaria.

Según el portal AgroLatam, la gran oportunidad hacia 2027 podría estar menos en producir simplemente más toneladas y más en aumentar el valor generado por cada tonelada. América Latina posee posiciones relevantes en soja, maíz, carnes, café, azúcar, frutas y otros commodities agrícolas, pero enfrenta el desafío de avanzar sobre procesamiento de alimentos, bioenergía, biocombustibles, ingredientes, genética, biotecnología y servicios tecnológicos. A este mapa se suman agricultura digital, inteligencia artificial, automatización, sensores y agricultura de precisión. Para el inversor, estas actividades permiten participar de las ventajas agroproductivas regionales sin limitar la exposición al precio internacional de una materia prima.

También existe una enorme oportunidad alrededor de aquello que hoy constituye una debilidad. Una encuesta del Banco Interamericano de Desarrollo realizada entre 319 empresas agroalimentarias de 23 países encontró que los altos costos logísticos y de transporte son el principal obstáculo para las firmas involucradas en comercio internacional: fueron señalados por el 65% de las empresas. Otro 52% identificó los requisitos de certificación como una dificultad relevante. Infraestructura portuaria y vial, almacenamiento, frío, conectividad, riego y logística de exportación pueden convertirse así en áreas estratégicas para capital privado y financiamiento multilateral.

El costo del dinero será otra variable decisiva. Janus Henderson advierte que un escenario internacional con capital más caro obliga a los inversores a ser más selectivos, favoreciendo proyectos capaces de generar beneficios sostenidos. Para el productor y la agroindustria esto significa que productividad, escala y eficiencia financiera serán cada vez más importantes. Al mismo tiempo, un eventual debilitamiento del dólar y el desarrollo de mercados de deuda en monedas latinoamericanas podrían modificar el financiamiento de inversiones, mientras que los movimientos cambiarios continuarán impactando sobre precios FOB, insumos dolarizados, márgenes de exportación y competitividad.

La inversión tampoco podrá separarse del riesgo climático. FAO advierte que los mercados agrícolas globales continúan expuestos a variabilidad climática, tensiones geopolíticas, energía, fertilizantes y cambios en las políticas comerciales. Esto abre una segunda capa de oportunidades: riego eficiente, mejoramiento genético, manejo de suelos, seguros agrícolas, modelos predictivos, monitoreo satelital y tecnologías que permitan producir con mayor resiliencia. La sustentabilidad deja así de ser únicamente una exigencia reputacional: comienza a integrarse a los cálculos de riesgo, financiamiento, acceso a mercados y capacidad de sostener flujos comerciales.

La integración regional también aparece como una asignatura pendiente. Datos difundidos por IICA muestran que apenas alrededor del 14,8% de las exportaciones agroalimentarias latinoamericanas se destinan dentro de la propia región, pese al potencial existente para ampliar los intercambios de cereales, carnes, aceites y bebidas. Acuerdos comerciales, reducción de barreras arancelarias y no arancelarias, armonización de normas fitosanitarias y mejoras en trazabilidad podrían ampliar mercados para empresas de diferentes escalas. En agosto de 2026, una ronda regional impulsada por IICA, FAO y SIECA reunió a 701 empresas y generó oportunidades comerciales estimadas en u$s 25,5 millones, una señal del espacio disponible para profundizar la integración.

El verdadero desafío, por lo tanto, no es determinar si América Latina dispone de tierra, agua, biomasa o capacidad productiva. La pregunta es cuánto valor podrá capturar alrededor de esos recursos. Si hacia 2027 aumenta la diversificación internacional de carteras y los mercados emergentes reciben mayor atención, el agro latinoamericano tiene argumentos para competir por ese capital. Pero deberá acompañarlos con infraestructura, financiamiento, tecnificación, reglas previsibles e innovación. El próximo ciclo de inversión agropecuaria podría no medirse solamente en hectáreas o toneladas, sino en cuánto conocimiento, transformación y valor agregado logra incorporar la región antes de llegar al mercado global.