Las crucíferas ganan espacio en el agro argentino impulsadas por la demanda global de biocombustibles
Cultivos invernales como la camelina, la carinata y la colza comienzan a expandirse en Argentina ante el crecimiento del mercado de biocombustibles sostenibles, especialmente los vinculados a la aviación. El sector observa oportunidades para diversificar rotaciones, aprovechar tierras ociosas durante el invierno y abastecer una demanda internacional en expansión.
En un escenario internacional marcado por la presión para reducir emisiones contaminantes y acelerar la transición hacia matrices energéticas más sostenibles, distintos cultivos oleaginosos invernales comienzan a ganar protagonismo dentro del sistema agroproductivo argentino. Entre ellos aparecen especies como la camelina, la carinata y la colza, que en los últimos años empezaron a consolidarse como alternativas productivas vinculadas al crecimiento del mercado global de biocombustibles y, particularmente, al desarrollo de combustibles sostenibles para aviación.
El avance de estas crucíferas responde a una combinación de factores productivos, energéticos y comerciales. Por un lado, existe una creciente demanda internacional de materias primas destinadas a la elaboración de biocombustibles de segunda generación, impulsada por políticas ambientales y compromisos internacionales de reducción de emisiones. Por otro, estos cultivos ofrecen la posibilidad de incorporar nuevas alternativas dentro de los esquemas agrícolas argentinos sin competir directamente con la producción tradicional de alimentos.
Según distintos análisis del sector agroindustrial, estas especies presentan además ventajas agronómicas relevantes para los sistemas productivos locales. Su incorporación en rotaciones invernales permitiría mejorar el aprovechamiento del suelo durante meses donde grandes extensiones agrícolas permanecen sin actividad productiva. Se estima que actualmente cerca de 20 millones de hectáreas quedan ociosas durante el invierno en Argentina, lo que representa un potencial significativo para expandir este tipo de cultivos.
Además de generar nuevas fuentes de ingreso para los productores, las crucíferas aportan beneficios vinculados a la sustentabilidad agronómica. Entre ellos aparecen mejoras en la estructura del suelo, mayor infiltración de agua, reciclaje de nutrientes y control de malezas, aspectos que podrían fortalecer la estabilidad productiva de distintos sistemas agrícolas.
Dentro de las alternativas emergentes, la camelina aparece como uno de los cultivos con mayor crecimiento reciente. Introducida de manera más significativa en Argentina a partir de 2019, esta oleaginosa comenzó a expandirse rápidamente impulsada por contratos vinculados a la producción de biocombustibles sostenibles. Según datos citados en informes sectoriales, durante 2025 alcanzó aproximadamente 32.000 hectáreas sembradas y mantiene proyecciones de crecimiento para los próximos años.
Uno de los principales atributos señalados para la camelina es su bajo requerimiento hídrico y su ciclo corto de producción, características que la convierten en una alternativa eficiente para reemplazar barbechos invernales sin desplazar cultivos principales de verano. En un contexto de creciente variabilidad climática y necesidad de optimizar recursos hídricos, esta característica aparece como uno de los factores que explican el interés creciente del sector productivo.
La carinata también comenzó a posicionarse dentro de este nuevo esquema productivo. Aunque todavía presenta una escala menor respecto de otros cultivos, ya registra alrededor de 9.000 hectáreas sembradas y muestra una creciente inserción dentro de mercados internacionales asociados a combustibles sostenibles. Gran parte de su expansión se desarrolla mediante sistemas de producción bajo contrato, vinculados directamente a empresas interesadas en abastecer cadenas de biocombustibles.
En paralelo, la colza —la oleaginosa invernal con mayor trayectoria histórica en Argentina— continúa siendo una referencia dentro del segmento de crucíferas. Aunque su superficie cultivada todavía se encuentra por debajo de máximos históricos alcanzados en décadas anteriores, en los últimos años registró una recuperación productiva, especialmente en provincias como Entre Ríos y Buenos Aires, donde concentra gran parte de su desarrollo.
El crecimiento de estas cadenas productivas también comenzó a impulsar inversiones industriales orientadas específicamente al procesamiento de semillas con alto contenido oleico destinadas a biocombustibles. Uno de los proyectos destacados por el sector es la instalación de nuevas plantas de molienda en Timbúes, vinculadas al procesamiento de materias primas para combustibles sostenibles de aviación.
El desarrollo del mercado SAF —sigla en inglés para Sustainable Aviation Fuel— aparece como uno de los motores principales detrás de esta expansión. La industria aeronáutica internacional enfrenta crecientes exigencias regulatorias y ambientales para reducir emisiones, pero encuentra dificultades para electrificar completamente sus operaciones, lo que convierte a los biocombustibles sostenibles en una de las alternativas más relevantes para disminuir la huella de carbono del sector aéreo.
En ese contexto, Argentina aparece con ventajas potenciales derivadas de su experiencia histórica en producción agrícola y procesamiento de aceites vegetales. Distintos actores del sector consideran que el país podría posicionarse como un proveedor relevante de materias primas e insumos para cadenas globales de biocombustibles, especialmente si logra consolidar infraestructura industrial y ampliar la adopción de estos cultivos.
Sin embargo, especialistas advierten que el desarrollo de estas alternativas todavía enfrenta desafíos importantes. Entre ellos mencionan la necesidad de ampliar información técnica disponible para productores, generar mayor conocimiento agronómico adaptado a distintas regiones del país y consolidar mercados estables que permitan sostener la rentabilidad de estas cadenas productivas en el largo plazo.
También aparece como desafío la necesidad de fortalecer esquemas de acompañamiento técnico y financiero que permitan ampliar la adopción de estos cultivos entre productores medianos y pequeños, especialmente en un contexto donde la transición hacia sistemas agrícolas más diversificados todavía se encuentra en etapas iniciales dentro de gran parte del agro argentino.